Leyenda. San Adrián era un carcelero romano que vivió en el siglo III, en plena persecución de la cristiandad, y que se convirtió al cristianismo al ver el valor de los mártires, que marchaban a su ejecución sin miedo a la muerte. Tomó ejemplo de los cristiano decidió caminar a su lado en lugar de encerrados, lo que le costó caer en desgracia y morir a golpes de martillo junto con otros veintitrés mártires; sin embargo, al ser quemados los cuerpos el suyo se salvó al apagarse las llamas de golpe por un aguacero providencial.
Atributos. Ropaje sencillo de la época, un manojo de llaves, o una llave sola, capaz de abrir todas las puertas, y un yunque una plancha de hierro. También lleva la espada de la lucha espiritual.
Poder. Es patrón de los herreros, los carceleros y los guardianes. Protege y cura los intestinos y la digestión, así como la mala circulación en las piernas. Siente predilección por las personas que se sacrifican y por los que están en inferioridad de condiciones. Potencia la sensibilidad y la vocación de servicio.
Ritual. Le gusta ser ampliamente celebrado el 8 de septiembre. Para atraer su atención hay que hacer una obra de caridad como visitar o ayudar a un preso. Le gustan las velas de color verde y el incienso con olor a sándalo. Como recompensa le agradan los pequeños detalles y las cosas sencillas. También le gusta que le recen más como a un amigo y compañero que como a un santo elevado.