Los libros sapienciales y oraculares

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Los libros sapienciales, o libros de la Sabiduría, contienen el canon del orden moral universal y arrojan luz sobre las influencias del espíritu en la vida del hombre y de la comunidad.

En general se suele considerar en esta categoría a los libros fundacionales de las religiones planetarias. Un párrafo aparte merece el llamado Libro de los Libros, no precisamente la Biblia judeocristiana, sino el Tratado donde se conserva la memoria de la vida y la historia de la humanidad y el sistema solar, libro del que tuvieron noticia los viajeros europeos llegados del Extremo Oriente. De este tratado Mme. Blavatsky y Alice Bailey publicaron extractos.

Se lo conoce como el Kiu Ti, y algunos de los libros que lo integran, parcialmente revelados, fueron las Estancias de Dzyan, El Libro de los Preceptos de Oro y el Manual o Catecismo del Discípulo. 

Contemporáneamente a estas revelaciones se hizo público el tratado de sabiduría angélica conocido como Libro de Urantia. Periódicamente ven la luz tratados y obras de gran complejidad y dificultad acuñadas por sabios y videntes de la antigüedad. Quizás en un contexto paralelo podría situarse el Libro de Philos el Tibetano y apologizado por grupos rosacrucianos, también exhumado a principios del siglo XX, donde se consigna hipotéticamente la historia de la perdida Atlántida.

Aun cuando no todos los libros sapienciales parecen poder utilizarse como oráculos, por el hecho de ser representaciones racionales del orden moral universal subyacente, pueden ser empleados con esos fines.
Así, en la antigüedad, los libros de la Torá, el Antiguo Testamento de la Biblia (posiblemente el Deuteronomio y el Pentateuco), eran consultados como libros oraculares dentro de un libro sapiencial mayor. Lo mismo ocurrió con el Popol Vuh en América, el Zend Avesta, y el Corán.

En la India están perfectamente delimitados los libros sapienciales y los oraculares. Allí, en general, los primeros tienen un cargado tono metafísico o de instrucciones discipulares sobre las disciplinas de desenvolvimiento interno.
No obstante eso, existen evidencias de que los libros del Rig Veda relativos a las fórmulas y procedimientos mágicos y naturales, así como en el Libro de las Leyes del Manú, donde se estudia las diferentes circunstancias de la existencia condicionada o terrena, pudieron ser consultados en forma oracular.

Los libros oraculares han dominado la tradición egipcia y caldea, e impregnaron a la tradición judeocristiana.
Ejemplo muy conocido es el arquetípico Libro de Toth del cual surgió el Tarot, especialmente en sus modificaciones nacionales europeas y contemporáneas.

Este libro registra las evoluciones del alma humana en el peregrinaje peri-iniciátíco, y constituye el modelo universal de las artes adivinatorias con cartas, naipes y estampas.

La enorme cantidad de adiciones contemporáneas a estas colecciones de herramientas adivinatorias parten de premisas comunes al Libro de Toth: es decir, a la preexistencia de un orden secuencial de desenvolvimiento en la vida del hombre y de la sociedad.
Concepto idéntico al de los 8 trigramas y sus resultantes 64 hexagramas en el Libro de los Cambios. Ejemplos de libros oraculares son también los distintos Lilah indos, en los cuales, mediante el aspecto de un juego, el consultante conoce el punto en el que se encuentra y hacia el que avanza en su sendero de desarrollo.

Existen libros oraculares y videnciales de propiedad de algunos individuos custodios que los reciben de sus preceptores.
Tal cual consigna H.S. Cohen «Old Diary Leaves» (traducido como «Historia de la Sociedad Teosófica’), hallándose él en compañía de Mme. Blavatsky en una caverna de un paraje de la India, conocieron allí a un taumaturgo que de un libro muy corpulento predijo su futuro común, abriendo una página al azar y obteniendo la información puntual de que estaba siendo visitado por un hombre y una mujer extranjeros destinados a formar una institución espiritual.

Existen evidencias de la existencia de tales libros videnciales en todo el planeta.
Más modernamente, las Centurias de Nostradamus, en forma velada y argótica, consignan una serie de eventos planetarios, cuya elucidación exige una azarosa penetración en el barroquismo simbólico y época del autor.

Otros libros como el Sepher Yetzirah o el Talmud han sido consultados como oráculos en la tradición judía.
El libro del Apocalipsis de Juan y el Libro de Henoch, otro de los numerosos apocalipsis o revelaciones consideradas apócrifas por los hermeneutas cristianos, arrojan luz cifradamente sobre los eventos que tienen lugar en la fisiología oculta del iniciado y del planeta en trance de dar un salto evolutivo, tal cual lo ejemplifican sus contenidos simbólicos, numerológicos y cabalísticos.

Como ejemplo a citar de este libro, cabe referirse a los siete sellos y las siete iglesias: parecen aludir a los centros de energía planetarios y a los núcleos o ashramas iniciáticos (probablemente a comunidades conectadas con estos), a su situación crítica en la era, así como a los centros de energía que entran en actividad dolorosamente en el candidato a la iniciación, a través de episodios de desgarramiento energético, moral y mental en su farragosa vida, que el evangelista presenta en un tono escatológico y profético.b

Los libros oraculares únicos sencillamente son graficaciones de experiencias sistemáticas de clarividencia o visión de los acontecimientos pasados y porvenir en la llamada luz astral.
La clarividencia superior, propia del iniciado, es el único medio legítimo según la Tradición Oculta, para que el hombre evolucionado reciba en sus iniciaciones el poder de reconocer la historia iniciática de su alma en encarnación.

A esto se llama la lectura de los registros akáshicos, sobre los que se ciernen sellos que anulan cualquier pretensión de conocer la vida de un alma.
La apertura de los registros akáshicos es un evento subjetivo e intransferible, enteramente individual que realiza el iniciado, que le revela la travesía de su alma por el mundo hasta la iniciación, así como las alturas que le han de seguir en su viaje evolutivo cósmico, más que eventos menores terrenales.

El desarrollo sistemático de la videncia, o clarividencia astral, permite observar el mundo invertido o luz astral, y leer el pasado y el porvenir de un modo aproximativo; modernamente se le ha llamado, a esta práctica adivinatoria, lectura de los registros akáshicos. En realidad es la lectura y desciframiento del Espejo Astral, o Luz Astral, y de ninguna manera la revelación de los secretos que sólo cada alma individual permite conocer en la ascensión iniciática del candidato.

La mutabilidad y maleabilidad de estos registros astrales se debe, sobre todo, a que son impresos en la luz astral mediante la efusión de la energía de los deseos y de los pensamientos; corriente psíquica que cambia y transcurre conforme a la moción (mundo emocional) propia de las pulsiones y veleidades de esa esfera de nuestra constitución personal.

De allí el valor absolutamente relativo de las mediciones o percepciones de estos cuadros de vida, los cuales, como se dijo, están activos y cambiantes por encontrarse sometidos a la sinergia existencial del principio de la voluntad personal o esfera de los deseos.

Por otra parte, como elemento gravitante en los actos de videncia en la luz astral, la naturaleza de deseos, la naturaleza psíquica del vidente pesquisante -en la medida que no haya sido controlada suficientemente- invade la sustancia psíquica, fuertemente responsiva, afectando la exploración con las propias proyecciones, anhelos y expectativas del vidente, lo cual descalifica casi por completo esta actividad, salvo contados casos de individuos de alta realización.

La infalibilidad y el rigor de estos eventos de prospectiva adivinatoria no existen en absoluto en la inmensa mayoría de las prácticas.
Las llamadas profecías y las exploraciones clarividentes consignadas por escrito y accesibles para el público investigador, plagadas de subjetividades y complejos y argóticos simbolismos de naturaleza astral, prueban sobradamente esta afirmación.

Los registros akáshicos constituyen, por el contrario, los hitos iniciáticos que descorren cada vez más el velo mental que se cierne sobre los poderes integrados del alma; escenas luminosas en las que aquella se apoya para potenciar al hombre personal en que se encuentra entronizada, a través del llamado Cuerpo Causal, Aura Energética Superior o Loto Egoico, el cual en todo caso es el campo superior de energía álmica que se vivifica o potencia (las «cuatro hileras de pétalos» que lo constituyen) en la medida que la peripecia subjetiva del alma coagule como tesoro, virtud o cualidad.

Se trata de una realidad ya pre-existente pero ahora evocada desde la esfera transpersonal por las aspiraciones y actos sapienciales del candidato, y no por la experiencia mundana, mediática y material del hombre personal, del hombre animal.

De todos modos, al plano del tiempo continuo o Mente Arquetípica han pretendido acceder los videntes de todas las épocas.
Pero los sellos que el alma impone para el hombre encarnado que no ha recibido de ella la Iniciación Humana Superior son inviolables y a ellos no se puede acceder externamente: se requiere una experiencia de honda contemplación meditativa y no un trance de sintonía, como en el caso de la lectura de los eventos impresos en la luz astral.

En los registros akáshicos entra en juego la impresión en la sustancia mental de las modulaciones del alma en su ciclo iniciático. Están registrados los eventos subjetivos, causativos, de modo ideal y desde el punto de mira del alma.

El registro akáshico constituye la impresión en la sustancia causal la forma más sutil de energía mental- de la esencia que destilan las experiencias humanas en relación con la iniciación del alma espiritual, que se conserva en el mundo causal y abstracto sólo disponible al iniciado como conocimiento iniciático.

La lectura de los registros en la luz astral se vale de la impresión en la sustancia psíquica del planeta de los incidentes de la existencia física condicionada de las personas.
Se trata de eventos y circunstancias de la vida material impresos en el aura planetaria en donde entra en juego el punto de mira de la persona humana, de la encarnación del alma.

Es el vidente o el medium mediador quien interpreta por sintonía áurica o desde el centro del plexo solar el sentido de esas experiencias materiales para el consultante, apelando semi-conscientemente a su sensitividad psíquica de una forma más o menos sistemática, según se pretende.